Así es Peter Ademo, nuevo jugador del Real Zaragoza: pivote zurdo, físico y trotamundos del fútbol con 23 años
Con solo 23 años ha jugado el nigeriano Peter Ademo en Letonia, Lituania, Rumania y Moldavia y ahora llega a España, por lo que la del Real Zaragoza es su quinta estación en Europa, a donde dio el salto en 2021 para jugar en el juvenil letón del Daugavpils. Es un jugador que Lalo Arantegui tiene en el radar y que conoce bien desde hace tiempo y con el que el actual director deportivo no ha dudado ni un instante en apostar con un contrato por cuatro temporadas por este centrocampista que ha acabado su contrato en el Sheriff Tiraspol, al que llegó en 2023, primero cedido y después en propiedad a la temporada siguiente, si bien estuvo seis meses en el Rapid de Bucarest rumano, entre febrero y junio de 2025, cedido con una opción de compra que ese club no ejecutó. likesport.biz
Las características de Ademo hablan de un jugador muy físico, de 1,84, que puede jugar como pivote o como centrocampista, zurdo y con buen manejo de balón, aunque destaca en la recuperación, por su capacidad de anticipación, y en el sentido táctico del juego, lo que le permite dar equlibrio al fútbol del equipo. Es un futbolista mixto, puesto que también tiene llegada y se maneja bien en el campo contrario, repartiendo asistencias o llegando al área rival, si bien su puesto más natural sea la de centrocampista de contención. Tiene criterio con el balón, un aspecto que para Ibai es innegociable en esa posición por delante de la defensa.
Peter Ademo es producto del Real Sapphire, un club de base con sede en Lagos, la misma academia que formó al jugador de la selección nacional de Nigeria, Victor Boniface, antes de que comenzara su aventura europea. Su salto a Europa llega en el BFC Daugavpils de Letonia para jugar en su equipo juvenil, llegando a disputar la Youth League, y para después marcharse a Lituania, al DFK Dainava. De ahí llega su cesión al que ha sido su equipo hasta la actualidad al Sheriff Tiraspol Moldavo, salvo en esa breve etapa en Rumanía en el Rapid.
En su última temporada en el equipo moldavo ha alzado el título de Copa en una final ante el Zimbru Chisinau por 2-0 en la que dio una asistencia y participó en el gol de un compañero. En el Sheriff Tiraspol ha participado en las fases de clasificación de la Liga de Campeones, la Liga Europa y la Liga Conference, así como en la propia Liga Europa. En esta temporada recién finalizada jugó dos partidos de la previa de la Champions, cayendo en la primera ronda previa con el Anderlecht y cuatro en la Liga Europa, donde fue eliminado por el Utrecht. En total, ha jugado 40 encuentros oficiales (4 goles y siete asistencias), con el 69 a la espalda, en la temporada que acaba de concluir, donde alzó el título en Copa y en Liga (29 partidos) acabó el campeonato regular en tercera posición para subir un puesto en el Championship round y terminar segundo por detrás del Petroclub. El Sheriff volverá a jugar en la previa de la Liga Europa, pero ya sin Ademo.
"Tres años. Incontables recuerdos. Gracias a todos en el club por ser parte de un viaje increíble, agardezco cada momento, las cosas que logramos juntos, cada lección y cada oportunidad de llevar este escudo con orgullo. Un capítulo termina, pero lo recuerdos vivirán para siempre", escribió el jugador nigeriano como despedida en redes sociales de su club tras anunciarse su fichaje por el Real Zaragoza
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Romanticinismo
El exilio interior en el siglo XXI seguramente no difiere mucho de aquellos del siglo XVIII, fines. Siglo en el que pareciera haber aparecido como un estado que terminó siendo verbalizado y al serlo, se volvió toda clase de formas de las expresiones del arte. Y fue bautizado, oleado, y sacramentado.
Sacramentar, como la acción de hacer algo sagrado. No se trató, claro, de animismo, no se trató de hacer sagrados a los animales, a la tierra o a las plantas, sino de hacer sagrado un estado, ese estado de exilio interior, emparentado con la melancolía. Esta última, definida como el hecho de “me vengaré de ti, en mí”.
El romanticismo alojó a los estados interiores más tormentosos en personas con distintas capacidades para expresarse. Pintores, músicos, escritores, dramaturgias, entre hombres y mujeres, indagando hacia el interior de las mentes, preguntando a los corazones sobre la naturaleza del amor, de la vida, de la muerte. Recuperando a la contemplación como una necesaria inacción y también cuestionando la ferviente necesidad del racionalismo de hacer de todo, utilidad.
Para librar una batalla en el campo de las ideas, que sublimaba la utilidad de la inutilidad, cosa vigente, importante, candente. Quizás como una respuesta al racionalismo y a un amplio envolvente académico en la Europa de finales del siglo XVIII, impulsado por el movimiento germánico “tormenta e ímpetu”, se empezaron a multiplicar las reacciones contra las estructuras y reglas rígidas de lo clásico, con respuestas adoptadas como libertad, en las formas, en las técnicas pero sobre todo, en cómo relacionarse con el mundo.
Desde un yo más profundo, más individual, introspectivo. Desde la duda sobre el ser, sobre el tiempo, la rutina. Rilke escribió magistralmente sobre este estado sagrado de los exilios interiores, otros los pintaron, una chica lo escribió, un pianista lo hizo sonar. Ese tiempo, el del romanticismo, dio lugar, no se sabe a ciencia cierta, a una serie de versiones contemporáneas que a lo mejor sin comprender ese período ni a sus exponentes, convirtió lo romántico en un concepto ligado a la complacencia ante actitudes, costumbres, razonamientos, que básicamente asumen como normales, cosas que no debieran serlas.
Así, abundan frases de cómo se romantiza esto y aquello, se romantiza el arroz con huevo, las reservas morales del mundo, las precariedades de las ciudades en ruina, sin haber mediado guerra alguna. Se dice, romantizar a todo lo que no se comparta, a las ideas, a los discursos salidos de cerebros por los que hubo pasado un tifón y se ha llevado a todos sus habitantes, que habrán sido dos o tres sinapsis.
Se romantiza, también, se dice, al vestuario exótico, al cine y al teatro que transcurren siempre entre la pobreza y la imperiosa necesidad de seducir a jurados europeos, que han aprendido, también, a romantizar a los simpáticos y exóticos latinos, que tienen el valor de mostrar, no de mostrarse, al otro, al que funciona como anzuelo, al que se le da, de cuando en cuando, la oportunidad de aparecer, romantizado, en la pantalla, en un libro, en un poema, en una carta sesuda y póstuma, en una obra musical con título en una lengua que no se habla, en una exposición con técnica mixta para, idealmente, ser expuesta en galerías que suelen funcionar como el nuevo circo de los nuevos y tormentosos exilios interiores (falsos y recién planchados) del siglo XXI.
Los hay, los exilios interiores terribles, sin astro, sin allende los mares, sin pertenencia alguna, ni casa, ni piedra negra sobre piedra blanca. De esos, los de ahora, no se habla, o muy poco.
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